lunes, 12 de abril de 2010

Por si era de la familia

Hace unos meses, volvía a casa una noche de viernes o sábado, serían las tres o las cuatro de la mañana y andaba bastante cansado ya a mi cuarto de forma casi inconsciente cuando, al abrir la puerta y encender la luz, me encontré con un ratón justo en el centro de mi cuarto; el diminuto ratón, en vez de echar a correr en seguida que ven algo de dos piernas como suelen hacer los diminutos ratones, se quedó mirándome unas décimas de segundo, para ahora sí huir por una rendija que nace entre mi cama y la estantería.

Me gustan la mayoría de animales, pero los roedores me hacen especial gracia, y ya de niño logré controlar una prospera industria local de hamsters que distribuía entre los demás chavales de mi barrio (sin afán de lucro) hasta que tuve que cerrar por agotamiento, de modo que no hice salvo intentar dormir apagando la luz tras leer un poco. Pero el ratón no lo tenía tan claro, y al rato de darle al interruptor lo escuché salir de su rendija y ponerse en el centro de la habitación desde donde se había sentado a contemplarme, entonces encendía la luz (yo, no el diminuto se entiende), y se volvía a meter en la rendija a todo correr. El ratón repitió esta operación dos veces como si quisiera algo de mí, hasta que concluí en dejar la puerta de mi habitación entornada, por si el amigo quería irse a hacer lo que quiera que hagan los ratones diminutos y con esas me dormí.

Pero esta muestra de simpatía para con el roedor se tornó en su condena, pues no tuvo mejor idea que ir a la cocina, donde mi señor padre, en uno de sus descansos de matar orcos en el ordenador para liberar la Tierra Media, advirtió su presencia y le dejó preparada una trampa para ratones muy moderna que compró en Carrefour, hace algún tiempo. Y siguiendo esta horrible cadena de sucesos, a eso de las 10 me despertó un chasquido, y ya temiéndome el terrible desenlace me destapé y fui a la cocina, donde vi con pesar como yacía el cadáver del pobre ratón, que nada había hecho salvo ser él mismo. Con cuidado lo saqué de su prisión mortífera y le di un entierro digno.

Por eso cuando esta noche he abierto la puerta, he encendido la luz y otro ratón, que ni siquiera se ha dignado mirarme, ha huido a esconderse en la rendija que lleva bajo mi cama, le he puesto un trozo de manzana y he cerrado bien la puerta. Por si era de la familia, vamos. Y porque me gusta pensar que tener un ratón diminuto debajo de mi cama es más gracioso que tenerlo en la mano sin que se mueva, la mayor parte del tiempo al menos.

-Añado elementos gráficos para que no penséis que me invento todo. En el siguiente ya si acaso, otra de mi padre en el ordenador.


3 comentarios:

María dijo...

Pero esto no iba todos los días o qué? ya estás fallando ! ^^

Carmen dijo...

Ö Pobre Esponjosito :(
Ojalá yo tuviera uno... pero creo que acabaría peor que Esponjosito I si se encontrara con mi madre xD

Estany dijo...

Se hace lo que se puede, pero sí irá para adelante, ten fe.

Las madres no entienden de mascotas esponjosas.

 
Free counter and web stats